Yo odiaba mis senos

Yo odiaba mis senos

A los 11 años, estando en sexto de primaria, comencé a ser consciente de mis senos, antes de ello, no me parecían relevantes, pero cuando una compañera de la primaria llamada Concepción, comenzó a usar suéteres más grandes y las blusas parecían más pequeñas, noté esa obvia diferencia.

Concepción, Conchita pues… morenilla y de nariz respingada, usaba las mismas blusas que yo con una gran diferencia, un par de senos divinos que asomaban en su brassiere blanco, tal vez era la excitación en mí la que me me impedía mirarla de frente pero no podía dejar de ver a entre esos botones por reventar, algodón que cubría encaje.

Ahí comenzó mi gusto por los senos, pero no por los míos.

Las películas muestran siempre senos enormes en cuerpos delgados y cinturas pequeñitas, evidentemente a los 11 años yo no tenía esa cintura y mucho menos los senos, así que me acostumbre a mantenerlos ocultos y tratar de no pensar en ellos, logré hacerlo, no existían para mi, hasta que a los 16 entre besos un chico intentó tocarlos, ¡¡los había alienado tanto de mi que pensé que el resto del mundo tampoco lo vería!!… Tras darle un santo puñetazo al pobre muchachillo y salir corriendo, me puse a llorar, ¡no estaba preparada para ello!... Eso me decía yo camino a casa, con la sensación de haber sido vulnerada a un nivel tan intimo que no podía explicarlo.

Cuando tuve mi primera relación sexual, a los 17 años, esos senos no fueron elemento de mi excitación, y como todo trámite solo espere a que acabase y dejar de lado el principal impedimento (el dolor) para poder disfrutar de ese mundo maravilloso del sexo… lo que tampoco sucedió por arte de magia y que me llevo a situaciones sumamente incomodas.


Pero mis senos no participaban en todo mi crecimiento sexual.

Los de otras mujeres me encantaba, y me incomodaba verlas cambiarse o desnudas porque me encantaban, como niño de 11 años, pero una adulta de 21, así me pasé gran parte de mi vida, ocultando o incomodándome… Hasta los 30.

De manera sorprendente fue la maternidad lo que cambió mi perspectiva, lo menos sexy del mundo (la lactancia) me hizo sentirlos por primera vez y amarlos con profundidad, y a partir de mi defensa a la lactancia en lugares públicos, el orgullo de llevarlos en alto en su mayor expresión y dimensión, así comencé a sentirlos en la nueva sexualidad, la mía, la que disfruta.

No han dejado de gustarme los senos de otras mujeres, tal vez soy un poco gay, pero ahora me encantan los míos y puedo sentirlos con orgullo, la herida de desarrollo se cerró un poco tarde, pero cerró.

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